7/4/08

El Sáhara Occidental antes de ser desierto fue un espacio «densa y establemente poblado»

Calcos de estudio sobre un bloque con grabados espiraliformes de hace unos 4.000 años en Gnefisat Bayda
Sáenz de Buruaga calca una escena pictórica de caza de hace unos cinco mil años que representa a dos arqueros y un gran bóvido, en el abrigo de Legtaitera (Agüenit)
Conjunto de megatúmulos de Oum Âbana (Zug, Duguech), erigidos entre el cuarto y el tercer milenio antes de nuestra época
Al este del muro de 2.700 kilómetros con el que Marruecos dividió en dos el Sáhara Occidental se extiende el Tiris, una enorme región desértica de 30.000 kilómetros cuadrados que, pese a sus dimensiones, no deja de ser poco más que la décima parte de un inmenso espacio con características geológicas y físicas comunes que se superpone a varias fronteras.
Los lagos fósiles y las formaciones montañosas que pueden apreciarse en la región, que en la actualidad sólo recorren los militares y los pastores nómadas, recuerdan que el Tiris no siempre ha sido un desierto deshabitado. Desde 2004, además de evidencias geológicas y orográficas hay también pruebas de que entre hace 4.000 y 10.000 años fue un espacio «densa y establemente poblado», en el que los seres vivos encontraron todo lo necesario para vivir. Y es que ese inmenso libro de arena que había permanecido cerrado durante milenios ha comenzado por primera vez a desvelar sus contenidos ante los ojos de un grupo de trabajo dirigido por el arqueólogo vasco y profesor de Prehistoria de la UPV-EHU Andoni Sáenz de Buruaga, que combina su interés por el «enorme valor científico de una región minimísimamente estudiada» y el potencial solidario de la arqueología.
Patrimonio e identidad
Andoni Sáenz de Buruaga regresó de la primera de las dos campañas que este año desarrollará en el Tiris hace apenas quince días. Teniendo en cuenta cómo utiliza los verbos ir y venir refiriéndose al Tiris, parece que todavía sigue en esa zona del desierto a la que se acercó por primera vez hace cuatro años y a la que ha vuelto año tras año, siempre en condiciones muy difíciles por la propia naturaleza del entorno y por la penuria de medios de las autoridades saharauis. Y siempre compatibilizando la doble visión científica y solidaria: «Ambas facetas son perfectamente conjuntables. Creo que desde la ciencia se puede y se debe cooperar de una forma solidaria. En este caso, nuestro cometido es inventariar qué hay en esa región para, a partir de esos datos, hacer junto con los saharauis una interpretación de lo que ha sido su pasado. El patrimonio es nuestra carta de identidad. ¿Cómo vamos a entender lo que somos si no somos capaces de entender qué ha sido nuestra historia? La historia nos ayuda a entendernos, y también a comprender por qué el otro es diferente».
Cuando Sáenz de Buruaga y su equipo visitaron por primera vez el Tiris -contando desde el primer momento con el apoyo y la complicidad de las autoridades saharauis y, en los últimos años, con la ayuda de Departamento de Cultura del Gobierno Vasco-, volvieron entusiasmados con «la riqueza y la potencialidad que presentaba, así como por el reto que suponía «leer los documentos del pasado dentro de un medio que ha sufrido múltiples agresiones». Entre ellas, las naturales que propicia un medio tan duro como el desierto y las «tropelías» cometidas por los efectivos de la MINURSO, que han sido objeto de numerosas denuncias ante la comunidad internacional.
Andoni Sáenz de Buruaga asegura que «la lectura de los elementos del desierto es una lectura compleja. He leído alguna vez que el desierto es como un museo, pero no tiene nada que ver con eso; es más bien una biblioteca gigantesca sacudida por un cataclismo que ha dado lugar a un desorden de cosas rotas y mezcladas». El desierto es, además, un medio poco acogedor, especialmente cuando se le hace frente con medios escasos. «Las autoridades saharauis nos prestan un único todoterreno, y lo hacen cuando no lo necesitan para otras labores. En él tenemos que viajar los seis o siete integrantes de la expedición, con todo el avituallamiento y todo el material que necesitamos para trabajar», recuerda Sáenz de Buruaga. Las campañas, por lo tanto, son breves, como máximo de cuatro semanas, porque no pueden cargar material para períodos más largos y porque, además, privar a las autoridades saharauis de un vehículo por más tiempo es un lujo excesivo teniendo en cuenta la situación en la que sobrevive el pueblo saharaui. Andoni Sáenz de Buruaga, Hussein Mohamed Ali, director de arqueología de la República Saharaui; el también saharaui Chieg Ouana Sidahmed y el miembro de la Asociación de Amigos de la RASD Xabier Errasti han formado parte de todas las expediciones, que siempre son conjuntas, a las que se han ido sumando según las circunstancias otros integrantes tanto vascos como saharauis. «Para que esto funcione, tanto desde el prisma científico como desde el solidario, había que cerrar un equipo relativamente estable con gente de aquí y de allí -afirma Sáenz de Buruaga-, porque no se trata de ir allí con una perspectiva occidentalista o colonialista, que es como tradicionalmente hemos trabajado los europeos en África. Nosotros llevamos nuestros conocimientos, pero ellos tienen los suyos. En ese sentido estoy muy contento, porque estamos contribuyendo también a su formación, de manera que cada vez estén más preparados para conocer, gestionar y proteger un patrimonio que les pertenece».
350 sitios inventariados
Cuando el Sáhara fue colonia española, se realizaron algunos trabajos de interés en las zonas costeras más pobladas y en la región más septentrional, muy rica en manifestaciones artísticas, pero el Tiris, un espacio alejado de los focos de población, era una región apenas reconocida. «Cuando llegamos no se había hecho casi nada -recuerda Sáenz de Buruaga- y el número de sitios conocidos, casi todos con grabados o pinturas, no pasaba de los quince».
Cuatro años después, los sitios inventariados superan los 350. En ellos han encontrado grabados, pinturas, herramientas, monumentos funerarios... Todo un catálogo de restos dejados por el hombre, acompañados por otros vestigios imprescindibles para poder entenderlos en su contexto y «leerlos» adecuadamente. Todos esos hallazgos «permiten conocer relativamente bien la historia de los últimos 10.000 años», pero las referencias temporales sobre las que están trabajando son infinitamente más amplias. «Hoy ya conocemos varios sitios con testimonios de un pasado tremendamente remoto -asegura el arqueólogo-, entre los 600.000 y 300.000 años antes de nuestra época. Eso abre otras posibilidades, despierta un nuevo entusiasmo...».
La campaña que acaba de terminar -«la más larga y la más agotadora de todas»-, ha sido también la que «mejores y mayores resultados nos ha dado, ya que hemos superado la cifra de 133 registros nuevos, con situaciones muy diversificadas desde el punto de vista cronológico. Hemos localizado, por ejemplo, muchísimos monumentos funerarios, y nueve estaciones de arte rupestre desconocidas hasta ahora, en las que hemos encontrado por primera vez testimonios de arte que se puede vincular a los antiguos bereberes».
Localizar, inventariar, tomar muestras y seguir buscando. Ese es, básicamente, el plan de trabajo para los próximos años. «Y formar gente local, para que sean ellos quienes interpreten su pasado». Así es la arqueología solidaria.

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